La ordenación desordenada. Del impacto del Estado y del mercado en el territorio gallego

Un paisaje es una construcción histórica derivada de la interacción entre elementos físicos, bióticos y antrópicos; es decir, entre las fuerzas naturales y humanas que entran en juego en un determinado territorio [1]. Por lo tanto, no podemos pensar en los paisajes como realidades estáticas, sino en constante transformación.

Más allá de consideraciones estéticas, lo que aquí nos interesa es aproximarnos a la comprensión del paisaje y del territorio como productos de un tiempo histórico. Su observación puede ofrecernos un reflejo de lo que hoy somos: de nuestros problemas —abandono de áreas extensas, desequilibrio territorial…— y de los desafíos que debemos afrontar —inevitablemente, es necesario pensar en el calentamiento global—. Pero en su análisis, si sabemos mirar con las gafas de la Historia, también podemos encontrar un reflejo de lo que fuimos. Las huellas del pasado están muy presentes en el territorio que habitamos, y su estudio, además de ayudarnos a comprender nuestro presente, también nos puede dar algunas claves para la construcción del futuro. En el marco de esta investigación estamos trabajando sobre las capacidades productivas de la biorregión del Barbanza en las lógicas de la sostenibilidad. La idea resulta muy actual pero lo cierto es que los labradores que habitaron este territorio, con los medios y la tecnología de los que dispusieron en cada momento histórico, demostraron dominar la cuestión de la sostenibilidad, por razones productivas y reproductivas. En la sostenibilidad les iba la vida y el futuro de los suyos y sabían resolverlo en su escala. Esa misma, la local, también será la escala primera de la sostenibilidad en el futuro.

Las huellas del pasado están muy presentes en el territorio que habitamos, y su estudio, además de ayudarnos a comprender nuestro presente, también nos puede dar algunas claves para la construcción del futuro.

En una aproximación a la historia reciente del territorio gallego podemos encontrar dos grandes modelos. Hasta la segunda mitad del siglo XX domina el primero, del que resulta un territorio integrado a partir de una ordenación que podemos llamar endógena. En él, las aldeas son los centros ordenadores básicos y los labradores, organizados en esas pequeñas comunidades, los protagonistas últimos de un proceso no exento de conflictos y alternativas. Pero desde mediados del siglo pasado, en el contexto autoritario de la dictadura, con un éxodo rural acelerado y una transformación radical del campo derivada del desarrollismo modernizador de la revolución verde, se abre la puerta a un modelo productivista impuesto por el Estado y vinculado también al capitalismo corporativo del régimen (ENCE, FENOSA…). En este nuevo modelo el territorio pierde su carácter de sistema integrado, de manera que cada acción que se realiza sobre un determinado espacio no atiende a las interrelaciones ni a las interdependencias entre las partes.

La configuración de un territorio integrado

El primer modelo, integrado localmente y adaptado a las diversidades físico-climáticas en el espacio alargado se configura durante la Época moderna y buena parte de la contemporánea [2]. Con ciudades que no consiguen afirmarse como regidoras del territorio —ni siquiera establecen buenas redes de comunicación entre ellas— y con una Administración incapaz de controlar el territorio del viejo Reino de Galicia, caracterizado por un poblamiento particularmente disperso, lo que encontramos es un país de labradores que a principios del siglo XX se tornan dueños de por sí, y que hasta fechas bien recientes desempeñan el rol principal en la definición de los paisajes y en la construcción del territorio. Mismo antes de tener la propiedad efectiva de la tierra, a través de su dominio útil las comunidades labradoras son quien de controlar un territorio que humanizan hasta la última piedra, como se puede deducir de la inabarcable riqueza de la microtoponimia.

Desde mediados del siglo pasado, en el contexto autoritario de la dictadura, con un éxodo rural acelerado y una transformación radical del campo derivada del desarrollismo modernizador de la revolución verde, se abre la puerta a un modelo productivista impuesto por el Estado y vinculado también al capitalismo corporativo del régimen. En este nuevo modelo el territorio pierde su carácter de sistema integrado.

Para comprender esta realidad desde el punto de vista productivo nos es especialmente útil la noción de agroecosistema, que hace referencia a un territorio integrado y definido por las interdependencias entre sus diferentes elementos [3]. En el caso gallego, el paisaje integrado agro-silvo-pastoril tal y como la conocemos se configura a partir de la intensificación productiva de los siglos XVIII y XIX. Las agras, espacios cultivados por las casas que componen la aldea, no se entienden sin la gestión de grandes áreas de monte ni tampoco sin el manejo de un ganado diverso; todo esto asentado sobre el conocimiento acumulado por sucesivas generaciones de labradores, pero también sobre la innovación —pensemos, por ejemplo, en la progresiva extensión de los cultivos americanos—. Pero, sobre todo, nada de esto se puede comprender si no atendemos a la organización colectiva del espacio, repleta de conflictos.

En el siglo XIX, el Estado liberal trae aparejada la implantación de una Administración que incorpora entre sus principales objetivos a ordenación racional del territorio. En el marco de esta ambiciosa tarea encajan las desamortizaciones de las décadas centrales del XIX, y hacia finales de este siglo e inicios del XX, también un creciente interés por la (re)población de los montes, desaprovechados a ojos de los ingenieros forestales cuando en realidad eran soporte y motor de un sistema agrario muy productivo, que resultó en un gran crecimiento demográfico [4]. En un contexto institucional poco favorable, las comunidades labriegas consiguen reafirmar su papel regidor sobre el territorio haciendo muestra de una gran capacidad de resiliencia y de adaptación. Entre las distintas estrategias de las que los vecinos echan mano para paralizar los trabajos de (re)forestación [5] se encuentra la individualización de los montes comunales, lo que en aquella altura les permitió preservar su uso y, con él, el equilibrio territorial. Como esta Historia está llena de memoria, podemos explicarlo a través de las palabras de Aurita Cao y Carmen Creo, vecinas de Froxán (Vilacoba, Lousame).

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La desordenación del territorio

La dictadura franquista, que se asienta en la larga posguerra a través de la implantación de políticas autoritarias, sí es quien de desnivelar la balanza en favor de los intereses de un Estado autárquico. En torno a los años 50, el Patrimonio Forestal del Estado (PFE) firma acuerdos para la arborización con los ayuntamientos del área del Barbanza, a pesar de que las tierras afectadas eran propiedad de las comunidades de vecinos, en un proceso común al conjunto del territorio gallego. En los montes de San Xoán de Laíño tenemos un buen ejemplo del poder coercitivo del Nuevo Estado, que permite que los propietarios individuales mantengan sus tenencias de monte siempre que las planten de pinos en un plazo definido por el PFE, como nos explicaron María Rendo y Benjamín Recarey.

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Con las tierras dedicadas al pastoreo invadidas por la arborización forzada, la pérdida progresiva de la importancia del ganado fue general en las aldeas del Barbanza. También lo fue la creación de empleo en las plantaciones forestales, que como nos explicó Benjamín Recarey, “rompieron el mercado laboral”, pero paralelamente, rompieron con el equilibrio agroecológico y con la relación simbiótica entre la casa y lo común. De ser soporte del sistema agrario y sustento de las economías familiares en un territorio integrado, el monte pasó, en ese tiempo, a convertirse en soporte y sustento de empresas que surgieron o medraron al amparo del proceso de repoblación y con continuidad hasta el presente.

De ser soporte del sistema agrario y sustento de las economías familiares en un territorio integrado, el monte pasó, durante la dictadura, a convertirse en soporte y sustento de empresas que surgieron o medraron al amparo del proceso de repoblación y con continuidad hasta el presente.

Esta realidad quedó patente en la revisión documental que realizamos en el Archivo Municipal de Dodro. Durante los años de la Transición, registramos la adjudicación de madera de los comunales conveniados con la Administración, tras diversos incendios, a empresas como Tableros de Fibras, S.A. (TAFISA, comprada más tarde por el grupo Sonae Industria y desmantelada a lo largo de las últimas décadas); Financiera Maderera, S.A. (FINSA, que factura anualmente en torno a 900 millones de euros) o Empresa Nacional de Celulosas, S.A. (ENCE, integrada a finales de 2018 en el IBEX-35) [6]. El incremento de incendios en las últimas décadas fue una de las principales y más nocivas consecuencias de esta ordenación desordenada, que modificó radicalmente las dinámicas endógenas del territorio, como bien nos explicó Carmen Rodríguez Deán, de Lavandeira (Baroña, Porto do Son).

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Otro proceso de ordenación del territorio impulsado por la Administración en el franquismo, la concentración parcelaria, también tuvo un gran peso en el desmantelamiento del viejo sistema territorial y en un proceso de cambio que ha destruido más que transformado. Planificadas en la lógica del desarrollismo modernizador, estos proyectos fueron en origen muy conflictivos, tanto en el seno de las comunidades como entre ellas y los agentes de concentración. Lo fueron entonces, cuando había labriegos, pero dejaron de serlo con el paso de las décadas, hasta el punto de que hoy son los vecinos sin dedicaciones agrarias los que las solicitan. Aunque menos para facilitar los aprovechamientos agrarios que para otros usos como la urbanización.

Hoy Galicia no es un país de labriegos, pero sí de pequeños propietarios.

Hoy Galicia no es un país de labriegos, pero sí de pequeños propietarios. Según los datos catastrales, hablamos de 11 millones de parcelas rústicas inscritas por 1,7 millones de particulares. Más allá de esto, casi 700.000 hectáreas, el 25% del conjunto del país, están gestionadas por las comunidades de Montes Vecinales en Mano Común. Esos comuneros y esos pequeños propietarios, más del 60% de la población, son precisamente los herederos de los labriegos que durante siglos humanizaron el territorio y transformaron los paisajes, con suficiente conocimiento como para evitar agredirlos, construyéndolos tal y como aún hoy nos gusta apreciarlos. El proceso de desarticulación del territorio no parece detenerse, pero hay que tener en cuenta que, hasta el momento, la propiedad de la tierra está en manos de sus habitantes, y con ella, la capacidad de invertir estas dinámicas.

Los saberes históricos son un patrimonio inmaterial, con resultados bien materiales, del cual somos herederos, un enorme capital que aún está a nuestro alcance, y que podemos rastrear en las múltiples capas de los espacios que habitamos.

Galicia ya no es un país de labriegos, decíamos. Con su desaparición como grupo social se va yendo también un vasto conocimiento del territorio construido sobre cientos de años de manejo e innovación. Pero ese saber es un patrimonio inmaterial, con resultados bien materiales, del cual somos herederos, un enorme capital que aún está a nuestro alcance, y que podemos rastrear en las múltiples capas de los espacios que habitamos. En nuestras manos está recuperarlo y actualizarlos para que podamos articular de nuevo el territorio con usos productivos y sociales que permitan construir un futuro sostenible.

Referencias bibliográficas

  1. Para aproximarse a estas cuestiones desde la Ecología y la Historia, ver Garrabou, R. y Naredo, J.M. (eds.) (2018). El paisaje en perspectiva histórica. Formación y transformación del paisaje en el mundo mediterráneo. Zaragoza: Prensas Universitarias de Zaragoza e Institución Fernando el Católico.

  2. Pereira, G. y Portela, E. (eds.) (2015). El territorio en la historia de Galicia. Organización y control. Siglos I-XXI. Santiago de Compostela: Servizos de Publicacións e Intercambio Científico. Interesan especialmente, en relación con este texto, los dos últimos artículos, de la autoría de Pegerto Saavedra y de Lourenzo Fernández Prieto.

  3. Ver, por ejemplo, Altieri, M. (1999). Agroecología. Bases científicas para una agricultura sustentable. Montevideo: Editorial Nordan-Comunidad.

  4. La noción del monte como soporte del sistema agrario, en relación con su papel esencial para la fertilización de la tierra y la alimentación del ganado, fue en origen formulada por Bouhier, A. (1979). La Galice: essai geographique d’analyse et d’interpretation d’un vieux complexe agraire. Poitiers: Université de Poitiers; y posteriormente por otros autores como Balboa, X. (1990). O monte en Galicia. Vigo: Xerais; así como revisada por Soto Fernández, D. (2006). Historia dunha agricultura sustentábel: transformacións produtivas na agricultura galega contemporánea. Santiago de Compostela: Consellería de Medio Rural, que defiende la caracterización del monte como motor del sistema agrario, en lugar de soporte.

  5. Las comunidades labriegas pusieron en práctica un extenso abanico de acciones para evitar la forestación de sus montes, que fueron variando también en función de la coyuntura política. En el caso del Barbanza, durante los años de la II República la prensa da cuenta de las problemáticas generadas por el proyecto, lo que queda patente, por ejemplo, en el incendio de la casa forestal construida por la Diputación (La Voz de Galicia, 28.06.1934) o en los frecuentes incendios registrados en las áreas recién repobladas (El Compostelano, 26.09.1935).

  6. Archivo Municipal de Dodro, caja 322.

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