La casa y el común, una relación simbiótica

Lo común y lo individual, el monte y las huertas, dos partes diferentes de una misma realidad. Dos partes de una simbiosis que representa la historia de gran parte de los sistemas agrícolas gallegos y de la península del Barbanza durante siglos.

Agricultura, pastoreo y silvicultura han sido históricamente tres partes de un sistema entrelazado en Galicia, fruto de una relación necesaria entre los espacios comunitarios y los espacios privados. La casa no sólo es el edificio, és también una micro comunidad con lógicas en la toma de decisiones, relaciones de cooperación y, por supuesto, de conflicto. La dicotomía público vs privado se difumina a través de una malla de relaciones socioecológicas densas que van más allá de la separación individual vs colectivo. La casa y el monte comunal no son islas separadas, sino que forman parte de un sistema de inter-relaciones.

La casa y el monte comunal no son islas separadas, sino que forman parte de un sistema de inter-relaciones base de una economía autosuficiente que permitió el sostén de la población de las comunidades de la península del Barbanza y de Galicia.

El monte era esa gran superficie que servía para la producción de madera o para el uso del matorral. Entre las distintas tipologías de matorral, era especialmente destacable el toxo (lat. ulex). Este, recogido del monte y una vez seco, era la cama de los animales de la cuadra y que luego, al mezclarse con las deposiciones de los animales, se convertía en un abono que aportaba una extraordinaria fertilidad a unos suelos pobres como los que, en general Galicia y en particular el Barbanza, tienen.

El hecho de que el monte fuese un sistema de aprovechamiento de recursos comunes en simbiosis con terrenos privados de cada casa, permitía la intensificación agrícola que hacía posible la gran productividad de la agricultura gallega sin tener que depender de la importación de las grandes cantidades de fertilizante, que hoy en día hacen de soporte de las explotaciones agrarias. La casa y el común suponían las bases de una economía autosuficiente que permitió el sostén de la población de las comunidades de la península del Barbanza y de Galicia.

La ubicación de las tres áreas de estudio en la península del Barbanza

Si bajamos a la realidad vemos casos como el de Froxán, en el Ayuntamiento de Lousame, el arquetipo de “coto redondo”; un sistema de una aldea en la que las casas tenían la cuadra debajo y las huertas al lado, estando lo privado de cada casa rodeado de los terrenos comunes que servían de sostén a las mismas.

Por otro lado, Baroña (Ayuntamiento de Porto do Son), un lugar pegado al mar, más poblado, y en el que las diferentes aldeas estaban mucho mas pegadas. El espacio de monte común se vincula en este caso a la parroquia y no a cada aldea, hecho que encuentra su explicación en las posibilidades diversas que ofrecían los terrenos adjuntos a cada una de las unidades de poblacion que componían dicha parroquia. En este caso, el territorio común que sirve de soporte de las economías familiares era mucho más extenso, así como muchas más las casas que se servían de este.

Pero no son solo los montes espacios comunales, hay otros territorios cuyo uso es del común y en los que se da una gobernanza. La comunidad se dotaba de una serie de normas, hay una toma de decisiones en las que se explicitan sistemas de reparto o de recogida entre los vecinos. Y eso ocurría, también en las Brañas de Laíño, en el Ayuntamiento de Dodro, donde los habitantes de las parroquias de San Xoan de Laíño, Dodro y Laíño complementaban el aprovechamiento del monte comunal con estos humedales. Eran un claro ejemplo de explotación de recursos comunes para las economías familiares, permitiendo la recolección de hierba o el uso ganadero de la propia braña (humedal).

La relación simbiótica que se establece entre la casa y el común es bidireccional, los beneficios no eran solo para la familia, la casa. Este hecho queda bien reflejado en la crítica que hace Anxo Angueira, vecino del lugar de Manselle, en la parroquia de Laíño, y entrevistado en este proyecto. Él cuestiona el concepto de “preservación total sin ciudadanos”, considerando que el abandono de la braña ha alterado negativamente el ecosistema al no permitir, en la actualidad, el uso vecinal en la Braña. Según él, la biodiversidad a la que se da valor hoy es también producto de la mano de los seres humanos, por lo que se pregunta qué mundo queremos ver para el futuro. La preservación de los ecosistemas puede garantizarse a través del manejo por parte de los vecinos. Unos espacios que, a través del aprovechamiento sostenible, pueden ser menos proclives tanto a los fuegos como a otros problemas ambientales y que además se convierten en espacios más biodiversos y multifuncionales. La pérdida de la relación entre la casa y el común provoca a la vez la pérdida de multifuncionalidad del territorio.

Los aportes de los espacios comunes a las casas van también desde la energía calorífica, que supone la leña, o de los materiales para la construcción, que se ahorran las economías familiares. AuritaCao y Carmen Creo, vecinas de Froxán, en la parroquia de Vilacoba, nos lo explican en esta entrevista:

Esta relación simbiótica de aporte para las economías privadas y aprovechamiento multifuncional de los espacios comunes llegaba incluso a través del ámbito laboral fuera de los agroecosistemas. Claro ejemplo de lo anterior es lo que ocurría en Baroña donde muchas personas se ganaban la vida en el mar, que también estaba conectado con el monte. Ramón Vila Queiruga, del lugar de Penas en la parroquia de Baroña, nos cuenta en una entrevista cómo la familia de su mujer eran “boureleiros”, quienes hacían aparejos de pesca con el corcho de los alcornoques. Pero como señala Ramón Vila Queiruga, el mar también era un espacio común, proveía a las casas de diversos tipos de algas. Esta biomasa servía para fertilizar las tierras o también, como las “carrouchas de mar”, se vendían algas fuera, ya que tenían usos medicinales.

La preservación de los ecosistemas puede garantizarse a través del manejo por parte de los vecinos. Unos espacios que, a través del aprovechamiento sostenible, pueden ser menos proclives tanto a los fuegos como a otros problemas ambientales y que además se convierten en espacios más biodiversos y multifuncionales. La pérdida de la relación entre la casa y el común provoca a la vez la pérdida de multifuncionalidad del territorio.

Pero no se queda ahí la relación entre la casa y el común. No solo monte o brañas eran los elementos comunes que servían para vertebrar los sistemas económicos comunitarios. Los molinos, las eras de trillar o los lavaderos y fuentes eran otros de los elementos que se utilizaban y/o gestionaban de forma comunitaria. Queda pendiente por desentrañar esas tomas de decisiones que se daban en la casa a la hora de la gestión comunitaria de estos espacios. En la casa también existían desequilibrios de poder. A lo largo de diferentes textos continuará abriéndose un debate que incide en lo doméstico, y eso, también es político.

Publicaciones relacionadas

Una parte sustancial del territorio ocupado por los montes (más de dos millones de hectáreas en total), mayoritaria de hecho en muchas comarcas de la mitad sur de Galicia, está gestionada por esta figura poco conocida, a pesar de que engloba a medio millón de propietarios en común; una quinta parte de los habitantes de Galicia.
La estructura territorial de Galicia, con las parroquias y las aldeas como células básicas de su organización, mantiene casi intacto su carácter productivo hasta mediados del siglo XX. Pese a los cambios en los modos de vida, por lo general se han mantenido toda una serie de valores comunitarios que solamente se entienden desde una perspectiva social.
En el contexto autoritario de la dictadura franquista se abre la puerta a un modelo productivista impuesto por el Estado, y vinculado también al capitalismo corporativo del régimen, en el que el territorio pierde su carácter de sistema integrado.
Localizadas en el márgen del río Ulla, ya en su curso final, bien cerca de su desembocadura en la ría de Arousa, las Brañas de Laíño (Dodro) representan una de las mayores zonas húmedas de Galicia. Históricamente su uso fue comunal, aunque en la actualidad no son reconocidas oficialmente como espacio comunal ni tienen manejo por parte de los vecinos.
La casa y el monte comunal no son islas separadas, sino que forman parte de un sistema de inter-relaciones base de una economía autosuficiente que permitió el sostén de la población de las comunidades de la península del Barbanza y de Galicia.
La Comunidad de Montes de Baroña (Porto do Son) gestiona 846 hectáreas. En su asamblea son 186 las casas que constan como comuneras y en su manejo hacen una clara apuesta por el aprovechamiento multifuncional del monte.