Juan Pan Montojo responde a "¿Puede el pasado generar nuevos imaginarios sobre un futuro más sustentable?"

El Laboratorio Ecosocial do Barbanza tiene un ojo puesto en el pasado y busca imaginar un futuro sustentable partiendo de una herencia biocultural que aún subyace en las comunidades que habitan el territorio. No se pretende regresar a un pasado prístino sino recuperar y valorizar unos aprendizajes que han sido en muchos casos denostados en aras del desarrollismo. Bajo esta inquietud abrimos una investigación con las propias comunidades y también lanzamos una serie de reflexiones con profesores invitados con los que pretendemos seguir construyendo estos convites al diálogo.

En esta ocasión lo hacemos con Juan Pan Montojo, Catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid y especialista en políticas económicas (especialmente agrarias y fiscales), las instituciones estatales, las organizaciones corporativas, las redes y grupos de interés socioeconómicos y la historia de la ingeniería.

La pregunta que guía la respuesta es: ¿Puede el pasado generar nuevos imaginarios sobre un futuro más sostenible?, reproducimos aquí el texto, que no es tanto un artículo de investigación, sino una base argumental sobre la que seguir debatiendo:

¿Puede el pasado generar nuevos imaginarios sobre un futuro más sustentable?

Juan Pan Montojo – Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Autónoma de Madrid

n las últimas décadas, las diversas disciplinas vinculadas al mundo rural han ido superando el menosprecio de los saberes locales que empezó a fraguarse en la mirada de los agrónomos aficionados y autores agrarios de la Ilustración y alcanzó sus máximas expresiones en el curso de la conocida fuera de Europa y América como revolución verde. Si los agrónomos decimonónicos todavía prestaron cierta atención a simientes, variedades, razas de ganados mayor y menor, aperos, labores, sistemas de poda y otros elementos de los procesos productivos locales, en el siglo XX, y en especial en su segunda mitad, la presión combinada de la tecno-ciencia pública y de la agroindustria acabaron por defender e imponer paquetes tecnológicos que pretendían estandarizar plantas, animales, procesos productivos y productos finales, y que, simultáneamente, obligaban a mercantilizar los insumos productivos, incluyendo de forma destacada los recursos energéticos. Se destruyeron de ese modo conocimientos locales que recogían una larga tradición de construcción de agroecosistemas y de adaptación a condiciones medioambientales cambiantes, como la historia del clima ha puesto de manifiesto, y a escenarios sociales dinámicos, como la superación de la dicotomía tradicional-moderno por parte de la historiografía ha revelado. Antes de que se llegara a ese punto en lo relativo a la producción agrícola, ganadera y forestal, antiguas propuestas de mantener en el ámbito de las economías familiares actividades de primera y segunda transformación agraria o de autoproducción o producción para el mercado de textiles, calzado, utillaje, abalorios… habían sido desbordadas por tecnologías pensadas para escalas y/o niveles de especialización productiva que desbordaba las familias e incluso las comunidades rurales. La reivindicación del small is beautiful de Schumacher en 1975 llegó demasiado tarde y tuvo poco eco, en medio de la crisis económica que socavó los fundamentos de la industria fordista y de su producción en masa, pero sobre todo trajo consigo una nueva organización de las empresas, el rediseño externo de los productos y la aceleración de su obsolescencia, a la par que una mayor deslocalización de fases cruciales de la cadena de producción.

Las formas de producir de las comunidades del pasado, las relaciones entre las personas y los objetos materiales, las instituciones de gestión de espacios y recursos comunes o colectivos y de resolución de conflictos interfamiliares e interpersonales que actuaban antes de la extensión de las agencias públicas, la gama y variedad de soluciones productivas existentes antes de la extensión de la revolución verde y de la destrucción de la industria doméstica o comunitaria nos ofrecen muchos elementos para una economía sustentable. No se trata de copiar las soluciones del pasado y regresar a un pasado “idealizado”, a arcadias rurales inexistentes: no sería social, cultural y políticamente viable y no sería, en muchos sentidos (entre ellos por el tipo de relaciones entre grupos de estatus y de clase, géneros y grupos de edad que fundaban socialmente ese mundo), deseable. Se trata de conocer las formas de producir y consumir locales desaparecidas para aprovechar un inmenso caudal de soluciones productivas adaptadas al medio, de dimensiones más manejables en su integridad por grupos pequeños (y en ese sentido más satisfactorias para los productores, como el toyotismo puso de manifiesto hace décadas en su replanteamiento de la cadena de montaje), con gastos de energía mucho más aceptables y con una generación de desechos y residuos más limitada, mediante un reciclaje y sobre todo una reutilización –la gran asignatura pendiente en nuestro país- sistemáticos, como el que tenía lugar en un mundo de escasez como el existente hasta hace poco tiempo. Releer esas instituciones y esas formas de producir alimentos y manufacturas a la luz de nuestros conocimientos tecnológicos y de nuestras necesidades colectivas puede ser el punto de partida, de hecho, ya está siendo el punto de partida, de una nueva agricultura y una nueva industria.

No se trata de copiar las soluciones del pasado y regresar a un pasado “idealizado”, a arcadias rurales inexistentes: no sería social, cultural y políticamente viable y no sería, en muchos sentidos (entre ellos por el tipo de relaciones entre grupos de estatus y de clase, géneros y grupos de edad que fundaban socialmente ese mundo), deseable.

Los conocimientos locales eran conocimientos frecuentemente orales, transmitidos de generación en generación por medio del trabajo de los niños al lado de los adultos y modificados gracias a procesos de innovación individual y colectiva, que pasaban de boca a boca en caminos, reuniones para el trabajo colectivo, atrios de las iglesias, lavaderos, molinos, tabernas, ferias, romerías y fiestas. Una parte amplia de esos conocimientos son quizá irrecuperables, pero contamos con más huellas escritas y materiales de las que normalmente se piensa. Y todavía hay muchas personas vivas que pueden recordar prácticas desaparecidas. El trabajo es inmenso, aunque no parta ni mucho menos de cero, puesto que, en los últimos años, estudiosos locales, etnógrafos aficionados o profesionales, iniciativas turísticas y museísticas municipales y otras muchas iniciativas han venido a completar trabajos de corte más académico o aproximaciones literarias preexistentes.

Los conocimientos locales eran conocimientos frecuentemente orales, transmitidos de generación en generación por medio del trabajo de los niños al lado de los adultos y modificados gracias a procesos de innovación individual y colectiva, que pasaban de boca a boca en caminos, reuniones para el trabajo colectivo, atrios de las iglesias, lavaderos, molinos, tabernas, ferias, romerías y fiestas.

La colaboración entre “profesionales”, “profesores” y “expertos” y “sabios” locales y de todos ellos con voluntarios pueden generar un gran volumen de conocimiento en un tiempo relativamente corto.

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