La aldea y la parroquia como unidades territoriales básicas (1)

La aldea ha sido durante siglos la unidad territorial básica en Galicia, es decir ese lugar circundante a la casa, en donde los habitantes forman parte de una vecindad compartida, hay un sentimiento de pertenencia e identificación como lugar simbólico-identitario. Esta “unidad mínima” disponía asimismo de una base material productiva y en cierta manera autosuficiente. Es la aldea el lugar primario de sentimiento de pertenencia y esto ha perdurado hasta la actualidad. La Iglesia se ha adaptado a esta relación simbólico-material con el territorio y creado iglesias y santos en cada aldea, lo que ha llevado a que en muchas ocasiones la aldea y parroquia sean sinónimos.

Esta “unidad mínima” disponía asimismo de una base material productiva y en cierta manera autosuficiente.

Sin embargo, muchas de las lógicas que le daban sentido apenas son legibles hoy en día debido a las transformaciones a las que se ha visto sometido este espacio durante el último siglo. Antes de explicar la relación entre las partes que hacen de la parroquia la célula productiva estructurante del territorio, es necesario saber cómo evolucionaron los asentamientos hasta el momento de su consolidación. Somoza (2015) identifica tres etapas previas a este momento:

  • Entorno al año 3.000 a.C. los asentamientos consistían en poblados temporales en la costa y siguiendo los cursos de agua hacia el interior (Eguileta, citado en Somoza, 2015). La sociedad de entonces se dedicaba a la recolección, la caza y la ganadería de trashumancia.

  • Alrededor del 800 a.C. los asentamientos se consolidan, conectándose entre sí por caminos. Son poblaciones que desarrollan la agricultura de cereales y legumbres y la ganadería. Hacia el siglo II gran parte de estos asentamientos quedarán abandonados.

  • Entre los siglos II y X se forman aldeas centrales con caseríos que crecen agregados hasta cierto momento de consolidación, del siglo VII al siglo X. A partir de este momento surgirán nuevas aldeas, pasando de un hábitat agregado a uno polinuclear (Sánchez Pardo, citado en Somoza, 2015).

Llegados a este punto, las comunidades se organizan en parroquias, de las que ya existen datos en el registro Parochiale de 569 d.C., que recoge el reparto de iglesias a administrar por los obispos y enumera los territorios ocupados antes de la dominación romana. No fue la iglesia la que hizo a la parroquia, sino que ésta ya existía como forma de agrupación de una colectividad (Fariña Jamardo, citado en Somoza, 2015).

La parroquia comprende un espacio que abarca la superficie necesaria para el sustento de una vecindad y se puede entender como la unidad de explotación básica del territorio.

La parroquia, según Dalda (citado en Somoza, 2015), comprende un espacio que abarca la superficie necesaria para el sustento de una vecindad y se puede entender como la unidad de explotación básica del territorio. Para entender por qué se considera la parroquia la unidad de explotación básica es necesario conocer los componentes de su estructura interna (Colectivo 1AUN, 2017).

  • Caserío: El caserío alberga a la compañía, que se compone de diferentes generaciones de la misma familia que habitan, normalmente compartiendo con el ganado, un único espacio y configuran una unidad productiva básica.

  • Huertas: Pequeños espacios de horticultura adyacentes a los caseríos complementan la producción de alimento comunal. En algunos lugares también se conocen como cortiñas.

  • Aldea: La aldea es más que un simple conjunto de viviendas, puesto que también contiene una serie de espacios de producción agrícola que son absolutamente indisociables del caserío. Las aldeas se consideran unidades territoriales completas pero insuficientes, de ahí la necesidad de cruces e intercambios con otras aldeas limítrofes o villas y ciudades, no son islas en el medio del territorio, hay un entramado de interrelaciones que es lo que ha permitido que estas sigan vigentes en la actualidad.

  • Eidos: Los eidos hacen referencia a los ámbitos de tierras productivas vinculados a una o varias aldeas. La morfología y dedicación de estas varían según el soporte geomorfológico, de este modo, según Bouhier (citado en Colectivo 1AUN, 2017), en Galicia encontramos 5 tipologías de espacios productivos: bancales (socalcos), cerrados, openfields, viñedos en bancales y agras.

    La función de las tierras productivas varía según su situación respecto a los cursos de agua. El monte bajo cumple una función fundamental en el sistema de la aldea. Además de ser una fuente de energía (leña de toxo), pastan animales (ovejas), pero sobre todo se recoge toxo verde (molime), que se utiliza fundamentalmente para las camas del ganado (estrume), lo que genera el principal método de fertilización (esterco) de los terrenos agrícolas. El monte alto, en cambio, proporciona frutos para la alimentación y madera para la construcción.

  • Monte vecinal: La comunidad, los vecinos de la aldea, cuentan con un espacio de monte cuya propiedad y gestión es comunal en el que se desarrollan aprovechamientos de monte bajo claves para la recogida de leña, para la fertilización de tierras y para el pasto de animales. La relación casa-comunal es clave para entender las lógicas del manejo del territorio (enlace al artículo). En la actualidad, los montes vecinales en mano común ocupan un tercio del espacio de monte de Galicia.

  • Otros elementos comunitarios: En la parroquia hay otros lugares comunitarios como la iglesia, o el campo da feira en donde tiene lugar las fiestas y los mercados, espacios mercantiles de intercambio de productos.

Este esquema nos permite entender la parroquia como una unidad completa y autosuficiente, cuyas partes tienen vocaciones reproductivas y productivas y un cierto equilibrio entre moradores y territorio, para lograr así un manejo sustentable.

Referencias bibliográficas

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