Las vacas vuelven a la braña de Laíño. Sostenibilidad, autonomía y buen vivir

Hace unos diez años, Luis Miguel Ríos Freiría, Míchel para amigos y vecinos, sufrió un grave accidente en la fábrica en la que trabajaba. Según los informes médicos, había muchas probabilidades de que se quedase tetrapléjico. Pero eso no sucedió. “Me salvó esto”, afirma con una sonrisa, en referencia a las últimas vacas que pacen en la braña de Laíño.

Convaleciente, inmerso en una larga recuperación y ante la imposibilidad de continuar en su puesto de trabajo o de acceder a un empleo semejante, Míchel decidió apostar por las vacas. Pero la semilla que brotó en él tras el accidente ya la había plantado su abuelo muchos años atrás. “Con ocho años yo iba a la feria con él”, recuerda. “Comprar… compraba él; yo vendía. Me decía hay que vender a tanto. Fui criado en eso”. Michel reconoce que de la mano del abuelo, tratante de ganado, descubrió mucho de lo que sabe sobre el mercado, y también sobre los animales. “Pero aquí yo creo que aprendo algo cada día”, añade.

Michel junto a las vacas de su ganadería familiar

Autonomía y sostenibilidad

Aunque de momento no piensa en certificaciones ecológicas —sí tiene el ganado marcado con dos Indicaciones Geográficas Protegidas: Ternera Gallega Suprema y Vaca y Buey de Galicia—, Míchel realiza un manejo que camina en una orientación agroecolóxica. Produce prácticamente todo lo que necesita (hierba, maíz, abono…) y apuesta por la comercialización en circuito corto, vendiendo casi toda la carne de forma directa a vecinos y otros particulares de la zona.

Las vacas las mantiene básicamente con la hierba de los prados, con el maíz que él mismo planta y con los rollos de silo que prepara para cuando las circunstancias los requieren, además de complementar la alimentación del ganado con algo de pienso que compra en un almacén de la zona. “Pero le doy muy poco. Entre otras cosas porque si le doy mucho no es viable”, afirma en alusión a la sostenibilidad económica de la explotación. Tiene claro que el futuro de su experiencia no está en un crecimiento desmesurado, sino en mantener un equilibrio en el que la mayoría de los costes de producción se puedan resolver a partir de los recursos del territorio inmediato.

Dispuesto a reducir al máximo los gastos externos de la explotación y a evitar dependencias del exterior, este ganadero tampoco compra abonos. Incluso no descartaría suprimir el pienso si las necesidades alimentarias del ganado estuvieran cubiertas, aunque para eso “habría que sembrar un poco trigo o centeno”. Le faltan tierras apropiadas y gente que se dedique a moler ese tipo de cereales. “No sé, tendría que estudiarlo”, concluye.

El establecimiento de cadenas agroalimentarias cortas, la baja huella ecológica y el cuidado de los animales y el territorio son algunas de las ideas que definen una apuesta apoyada como Proyecto Semilla por el Laboratorio Ecosocial do Barbanza. Míchel destaca las mejoras materiales derivadas de esta ayuda; por ejemplo, la instalación de pastores eléctricos para organizar mejor las zonas de pasto o la compra de un remolque con el que poder llevar las vacas al veterinario o moverlas sobre seguro para atravesar la carretera general.

Vacas en la braña, otra forma de conservación

El abandono agrario, cuya inercia ya venía asentada desde mediados del siglo XX, se aceleró en la década de los 90 con motivo de la concentración parcelaria, de la entrada de las tierras bajo dominio de la Demarcación de Costas y de la declaración de la zona como espacio protegido. “Esto estaba todo abandonado, todo hecho un caos”. Así define Míchel el estado reciente de la braña, antes de extender el brazo para trazar un perímetro alrededor de los prados en los que nos encontramos, él, el ganado y nosotros: “No había más que zarzas. Cuando las limpié pasaban por encima del tractor”.

Tras esa primera limpieza en profundidad, ahora son las vacas las encargadas de realizar el mantenimiento. “Yo puedo retocar en alguno sitio, que nace una zarza, porque las vacas no comen las zarzas, pero a base de que ellas están ahí, van comiendo y pisando y pisando y cagan y…”. El ganadero defiende que su actividad contribuye a la conservación y, según nos cuenta, los vecinos valoran muy positivamente la transformación del espacio, lo que se traduce en un uso cada vez mayor como zona de ocio.

Las tierras en las que pacen las vacas de Míchel bordean la braña de Laíño, en el margen derecho del río Ulla muy cerca de su desembocadura en la ría de Arousa

Míchel recuerda bien la realidad de la braña antes de la llegada de la concentración parcelaria. Antiguamente, según nos cuenta, las fincas estaban divididas por un sistema de acequias producto de una tecnología labriega de enorme precisión. Su diseño, asentado en un conocimiento de siglos, canalizaba tanto el agua que bajaba del monte como la que subía del río, de las mareas o de las crecidas. Se aprovechaba cuándo hacía falta y se evitaban problemas cuando era demasiado abundante. “En invierno siempre había alguna finca que se encharcaba un poco, pero no como ahora. Ahora de ahí para abajo no puedo mandar a las vacas”, denuncia el ganadero, que considera que recuperar el sistema de acequias será positivo para la sostenibilidad de la braña.

Preguntado acerca de otros problemas que afectan su actividad, el ganadero alude al crecimiento descontrolado de árboles en espacios de vocación agraria junto con la excesiva proliferación de jabalís en la braña, que contribuyen a la ruptura de los equilibrios. La dependencia de Costas, por un lado, y la protección ambiental por otro suponen un gran aumento de la burocracia a la hora de afrontar cualquier intervención, algo para lo cual afirma no estar preparado.

Con respeto a la conservación ambiental, el ganadero está convencido de que las lógicas que la definen están cambiando y que su actividad no solo es compatible con la conservación sino que es un elemento esencial de esta. “Con el tiempo yo creo que se van desengañando”, indica él, antes de colocar como ejemplo la situación del escribano palustre, cuyo descenso de la población coincidió, de forma paradójica, con la declaración de la zona como Red Natura 2000. “El pájaro quiere las cañas para criar, pero para alimentarse quiere prados”, explica, antes de añadir que “esto no puede ser una selva porque nunca fue una selva, siempre estuvo a prado. Y había de todo antes: había patos, había pájaros, había zorro…”.

La búsqueda del buen vivir, imposible sin comunidad

Míchel reconoce que el apoyo de la comunidad es esencial para que su iniciativa siga funcionando. De hecho, la mayor parte de las fincas en las que pacen las vacas no son suyas. Para utilizarlas llega a acuerdos con los vecinos que son beneficiosos para ambas partes: ellos evitan tener que pagar para limpiar las tierras mientras que él apuesta por el bienestar animal al tiempo que reduce la dependencia económica. “Hacemos un intercambio y nadie se lleva nada, o ellos sí se llevan y yo también llevo, depende como lo veas”, indica. Además, señala que “tengo cualquier problema, se escapa una vaca o lo que sea, y ya me suena el teléfono”. Pero echa en falta más compañeros de oficio con los que tejer redes de apoyo y entreayuda. “Habiendo gente las haces con uno, las haces con otro, lo llevas mejor…”, indica él. Y también está el aprendizaje, que no deja de ser un proceso social y colaborativo: “Si veo lo que haces tú, lo que hace el otro, y el otro… Pues dices tú, hizo aquello, lo hace diferente a mí. Pues voy a probar, puede funcionar”.

En la tierra donde se criaban los que el Diccionario Miñano definió como “los mejores bueyes de Galicia”, en el lugar donde nacieron las primeras cooperativas lácteas del país, hoy quedan unas veinte vacas. Las de Míchel. Preguntado acerca de qué le gustaría para el futuro, el ganadero no duda: “que hubiera más gente que se dedicara a esto”. En su opinión, hay muchas personas que desconocen un oficio “realmente bonito”. “Yo pienso que si te metes en esto que te puede enganchar”, añade. Pero él mejor que nadie sabe cuáles son las dificultades que hay que afrontar.

“La gente va a una fábrica, ocho horas, salario fijo y a casa”, afirma el ganadero, y continúa: “cada uno tiene su manera de ver la vida, pero yo no quiero eso”. Sin embargo, también reconoce que sus circunstancias le permiten apostar por un modo de vida que a día de hoy no genera los beneficios suficientes. La economía familiar es sostenida en buena medida gracias al trabajo de su mujer, cuyos horarios le impiden, por ejemplo, llevar a los chicos a la escuela. De eso y de otras cosas se encarga Míchel, que valora especialmente la libertad que le dan las vacas. “Tengo que trabajar sábados, domingos, festivos… pero voy a mi ritmo. No me obliga nadie”.

Míchel habla con nosotros desde la satisfacción absoluta que le produce poder vivir donde le gusta, dedicándose a lo que le gusta y compartiendo con la familia y las amistades el tiempo que quiere. Sus dos hijos también colaboran en el cuidado del ganado. En primer lugar quiere que estudien, pero no esconde la ilusión que le haría que su proyecto de vida tuviera continuidad. “A mí me gustaría que alguno de ellos siguiera con esto, pero claro, siempre y cuando la cosa sea rentable”, afirma. Mientras conversamos las vacas se van desplazando, pausadamente, hacia parte más alta de la finca.  Pacen tranquilas, ajenas a nuestros desvelos, acompañadas por dos garzotas blancas. “Había años que no se veían”, nos cuenta Míchel con agrado.

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